Plegaria de los educadores


Antes de comenzar

Comienza un nuevo curso y, con él, regresan las aulas, los horarios, las planificaciones y los desafíos de siempre. Pero también regresan rostros, historias y vidas que nos recuerdan que educar es mucho más que cumplir un calendario.

Hay momentos del año escolar en los que miramos el reloj esperando que termine la jornada. Miramos el calendario contando los días que faltan para un feriado, para las vacaciones, para ese momento en que finalmente podamos detenernos.

Y, sin embargo, frente a nosotros están nuestros estudiantes. Están sus preguntas, sus inquietudes, sus historias, sus heridas, sus talentos, sus silencios y también sus sueños. Cada uno de ellos es mucho más que un nombre en una lista, un número en una estadística o una calificación en un registro.

Por eso, te comparto esta oración al comenzar un nuevo año lectivo:

Señor, enséñame a educar sin mirar el reloj

Señor, ayúdame a no mirar el reloj ni el calendario
deseando que termine la hora o que lleguen las vacaciones.

Enséñame a valorar los segundos, los minutos y las horas que comparto con mis estudiantes. Que pueda descubrir en cada jornada una oportunidad para  acompañar, enseñar, escuchar y sembrar.

Hazme recordar que ellos son tierra buena, capaces de dar fruto cuando encuentran educadores que creen en ellos y saben esperar.

Señor, ayúdame a no acostumbrarme a las listas ni a las estadísticas.

No permitas que la comodidad me haga olvidar la riqueza personal de cada estudiante.

Que detrás de cada nombre pueda descubrir una historia.
Detrás de cada conducta, una necesidad.
Detrás de cada dificultad, una persona que necesita ser acompañada.

Graba sus nombres y sus vidas en mi corazón, para que nunca termine viendo únicamente alumnos donde Tú me invitas a descubrir personas.

Señor, ayúdame a no subir a la tarima de la superioridad.

Que mis títulos, mis estudios, mis años de experiencia o mis conocimientos nunca se conviertan en una barrera entre ellos y yo.

Hazme pequeño cuando sea necesario, para que ellos puedan crecer.

Silencia mi protagonismo cuando necesite escuchar.
Derriba mi necesidad de tener siempre la razón.
Ayúdame a comprender que educar no consiste en demostrar cuánto sé, sino en poner lo que sé al servicio de quienes están aprendiendo.

Señor, ayúdame a conjugar el verbo educar en primera persona del singular.

Que el “tú”, el “él”, el “nosotros”, el “vosotros” y el “ellos” dejen de ser solamente palabras de una gramática escolar y pasen a formar parte de la gramática de mi corazón.

Enséñame a decir:

“Yo educo, yo acompaño, yo escucho, yo espero, yo confío, yo me comprometo”.

Porque no puedo pedirles a otros aquello que yo mismo no estoy dispuesto a vivir.

Señor, ayúdame a hacer de tu Palabra mi verdadera sabiduría.

Que ella ilumine mis decisiones, mis palabras y mis gestos.

Que tu Palabra dirija las mías, para que mi manera de enseñar no se reduzca a transmitir conocimientos, sino que también sea una forma de anunciar esperanza, dignidad, justicia, misericordia y vida.

Haz de mi profesión una vocación.
Haz de mi vocación una Buena Noticia.

Y que quienes pasan por mi aula puedan descubrir, a través de mi manera de educar, que son valiosos, que pueden crecer y que sus vidas tienen sentido.

Señor, ayúdame a no terminar esta plegaria como quien cumple un trámite.

No permitas que estas palabras se conviertan simplemente en una oración más al comienzo del año.

Reinventa mi vida de educador.

Que la costumbre dé paso a la creatividad.
Que la rutina dé paso a la capacidad de sorprenderme.
Que el cansancio no apague mi vocación.
Que las dificultades no me hagan olvidar por qué elegí educar.

Enséñame a volver a empezar.

A mirar nuevamente a mis estudiantes.
A escuchar sus historias.
A creer en sus posibilidades.
A celebrar sus pequeños avances.
A acompañarlos cuando fallen.
A permanecer cuando sea más fácil rendirse.

Y, Señor, cuando llegue el final de este curso, cuando vuelva a mirar el reloj y el calendario, quiero poder reconocer que no solamente pasó el tiempo. Quiero saber que algo cambió en ellos y también en mí.

Amén.

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